Los relojeros, al igual que los amantes de los relojes, están completamente locos

Nuestra fantasía como amantes de los relojes es extravagante, pero tal vez, la propia industria relojera sea aún más culpable de vivir con esta evidente locura.

Por Ariel Adams

En nuestros días, no existe ninguna poderosa razón que justifique la enorme trascendencia de la industria relojera mecánica, ni nuestra pasión por anticuadas piezas de belleza y artesanía. Nadie necesita un reloj de pulsera que le proporcione la misma información que puede conseguir fácilmente y de forma casi inmediata con la tecnología moderna. Nos hacemos la ilusión de que quizá estamos viviendo en el pasado, y que la promesa de un reloj mecánico fiable es, de algún modo, la solución a nuestra necesidad diaria de seguir llegando a tiempo.

Nuestra fantasía como amantes de los relojes es extravagante, pero tal vez, la propia industria relojera sea aún más culpable de vivir con esta evidente locura. Los precios y volúmenes de producción de los relojes se sitúan en unos niveles apenas comprensibles en los modernos mercados capitalistas, en los que estos objetos de arte y piezas de colección se fabrican como si todavía fueran productos indispensables. ¿Cuántas veces un consumidor decide comprar un nuevo reloj de pulsera porque, de no tenerlo, él o ella, no podría saber en qué momento del día se encuentran? ¿No se venden más bien los relojes como artículos para celebrar y satisfacer la afición de aquellos apasionados por su artesanía?

La industria relojera suiza, con su arraigada predilección por la eficacia y precisión en su fabricación, con frecuencia y de forma despreocupada, no es consciente de que el mundo ha dejado desde hace tiempo de necesitarla. Para contrarrestar la evidente progresión del consumidor hacia la cultura tecnológica, la industria relojera se ha vuelto hacia la funesta moda para vender sus productos, con un éxito notable gracias al poder que estatus e imagen tienen para medir el sentido de la autoestima de todo consumidor que se precie. El trato con la diabólica preocupación por la imagen ha dado una nueva vida a la industria relojera como artículos de lujo cuya supervivencia y apoyo de la artesanía y de las comunidades artísticas tradicionales depende de promocionar la noción de que el tiempo es precioso, e igualmente lo son los artículos tradicionales que fueron diseñados para representarlo.

Ha surgido una añoranza por los relojes vintage, en parte porque los entendidos miran con cariño hacia la época en la que los relojes se vendían como relojes, y el arte era más democrático. En la actualidad, la industria relojera está estrechamente relacionada con el concepto de que el tiempo es lujo, y el lujo debe ser exclusivo. En este contexto, es el precio el que marca la exclusividad y no la singularidad de un objeto. El coste de los relojes se ha disparado, puesto que la industria relojera suiza ha fomentado la idea de que sus productos son solo para los ricos, los más ricos y los superricos. Si es usted afortunado, podría llegar a formar parte de una de estas clases.

Continuar participando en este sistema es una locura. Sabemos que es absurdo, y aun así, el esfuerzo de muchos hombres y mujeres inteligentes y trabajadores impulsa la vida de la eterna e inmortal industria relojera, que se nutre de la venta de algo poco frecuente e inesperado: el arte que los hombres realmente quieren. Los relojes son la trampa definitiva para los hombres educados y que prestan atención a los detalles. Mientras que las mujeres son, por supuesto, elegantes clientes de relojes, los cronómetros más complicados e impresionantes del mundo se diseñan para las muñecas masculinas. Aquellos que, sensatos e incluso ahorrativos, han alcanzado la cantidad necesaria de ingresos disponibles, pueden verse atrapados por el atractivo de maravillosos e interesantes relojes mecánicos. La racionalidad desaparece cuando caemos cautivados por el canto de sirenas de la historia, de la tecnología mecánica y de la producción artesanal. No tenemos ninguna razón de peso para adorar los relojes, aparte del hecho de que son una belleza que no se puede comparar con nada que tengamos a nuestra disposición.

Los amantes de los relojes y la industria relojera están íntimamente unidos en una perpetua danza interdependiente. Cerrando los ojos, mientras que metafóricamente bailamos describiendo círculos, nos olvidamos de lo locos que estamos, porque nos encontramos en una buena compañía, afín. Quizá, el lujo absoluto no sea el tiempo, sino la libertad, al menos a veces, de actuar sin razón ni lógica.