El futuro tiene porvenir

Debemos reconocer que la relojería mecánica es indestructible. Si bien se basa en fundamentos tecnológicamente desfasados, ha conseguido mantener su pertinencia y reavivar el deseo mucho más allá del círculo relativamente cerrado del sector del lujo.

Por David Chokron

Debemos reconocer que la relojería mecánica es indestructible. Si bien se basa en fundamentos tecnológicamente desfasados, ha conseguido mantener su pertinencia y reavivar el deseo mucho más allá del círculo relativamente cerrado del sector del lujo. En realidad, el hecho de que Patek Philippe fabrique cerca de 40 000 relojes mecánicos al año no es nada sorprendente. Sin embargo, que Tissot consuma más de un millón de calibres de este tipo, contradice la idea generalmente admitida de una relojería que sobrevive únicamente por la escasez, el trabajo manual que roza lo artesanal y el encanto vintage de los calibres con complicaciones.

El tren de engranajes se enfrenta con orgullo a los relojes de cuarzo, digitales o los llamados relojes inteligentes en cuanto a la competencia interna y de manera externa a los smartphones, que podrían hacer del reloj un objeto obsoleto en los jóvenes menores de 20 años. Así, los relojes continúan haciéndonos soñar, con precios de 500 a 2 millones de francos suizos (incluso sin diamantes). A pesar de los cambios de humor de la economía mundial, los relojes se siguen comercializando. ¿De dónde viene entonces esta resistencia? ¿Cómo explicar este éxito que es, en definitiva, el mayor de los improbables? Porque la supervivencia del principio de la relojería mecánica es comparable a la prevalencia del motor de vapor sobre el motor eléctrico.

Los expertos responden que el guardatiempos supera, en gran medida, el debate técnico e industrial, para entrar en las consideraciones de posicionamiento, historia y autenticidad. Sin embargo, esto solo es cierto para una franja especialmente cuidada y sofisticada de este mercado. La verdad es que la relojería saca provecho de dos fuerzas internas, de dos yacimientos telúricos de energía. La primera es un espíritu empresarial subestimado. Hay que reconocer a los relojeros suizos lo que legalmente les pertenece: no lo revelan fácilmente.

Hace 200 años que deambulan por el planeta en busca de nuevos mercados, clientes y salidas comerciales. Se necesita un poco de perspectiva histórica para darse cuenta de que la reciente conquista del cliente chino es, en realidad, la tercera de esta índole. La segunda es su capacidad de innovación. Ciertamente, lo hace en un ámbito muy limitado, el paradigma del tren de engranajes y la correa. No obstante, dentro de este riguroso conjunto de limitaciones, ha sabido descubrir espacios de libertad continuamente reconquistados.

Con su libertad de tono, de creación y de inventiva, este sector, a veces calificado de conservador, es en realidad lo más pragmático posible. Tiene sus momentos de gracia en los que efectúa grandes saltos hacia adelante, en ocasiones hacia lo desconocido. Durante estos episodios de locura, el arquetipo del reloj suizo, fiable, reconfortante, preciso y transmitido de generación en generación, toma un estimulante (a veces, un alucinógeno) que le sienta bien.

Los años 1995-2015 reafirman esta fuerza, esta locura, esta determinación. Para los próximos años, en los que seremos testigos de los resultados de los proyectos en curso, las ideas que germinan y los deseos que no decaen, el menú deberá ser también tentador. Así pues, ¡que aproveche!